El secreto
Jerusálén.
Queridísima hija:
Creo saber lo que estás pensando: «Mi padre habla de una misteriosa fuerza. De
una mano invisible que lo gobierna todo. Y rechaza la casualidad. Muy bien.
Convénceme. Demuéstrame que ese maravilloso tesoro es algo real.»
Como me temía, te precipitas. Estas cartas, aunque estoy convencido de cuanto
afirmo, no son, nunca serán, una imposición. No pretendo convencer. Hace mucho
que aprendí a rechazar la compraventa de asuntos relacionados con la inteligencia
y los sentimientos. Sólo expongo. Te ofrezco algo que, para mí y para otros antes
que yo, se presenta como un precioso descubrimiento. Un hallazgo -y me parece
que vuelvo a repetirme- que, eso sí, me gustaría pudieras hacer tuyo algún día.
Hay un punto, sin embargo, en el que reconozco que tienes razón. ¿Cuál es el
truco, la fórmula o él secreto para, al menos, empezar a comprobar por uno mismo
que LA PROVIDENCIA EXISTE?
Ya ves, sin querer, estoy metiéndome en honduras teológico-filosóficas.
Tranquila. La aventura será breve.
Antes de revelarte el secreto, déjame que te cuente una historia. ¿Recuerdas las
que os refería cuan-do erais unos niños?
Pues bien: «Había una vez dos hombres buenos que convivían en la misma casa,
compartiendo igualmente el duro trabajo. En realidad, sus vidas eran muy
parecidas: rezaban con idéntica devoción, luchaban con él mismo coraje, padecían
infortunios muy similares...
»Ambos, en definitiva, creían en la Providencia.
»Pero, con los años, sólo uno conservó la fe. El otro, a pesar de sus oraciones, la
fue perdiendo misteriosamente.
»Y un día, creyendo que Dios no era justo, preguntó a su amigo:
»-¿Cuál es tu secreto?
»Y el segundo hombre replicó:
»-Abrir los ojos.»
Supongo que habrás captado él truco. La verdad no está en lo que vemos, sino,
precisamente, en lo que no vemos. Me explico. No es que la verdad sea invisible. Lo
que sucede es que circulamos por la vida sin mirar o con él sentido común
desenfocado.
Y termino él discurso. Teólogos y pensadores siguen discutiendo sobre él secreto
de la fe. Casi todos aseguran que estamos frente a un misterio divino. Dicen que
viene a ser como un regalo. La Providencia la reparte a capricho. Unos la tienen (la
tenemos) y otros no.
Sinceramente, me niego a aceptarlo. Dios tiene fama de pillo pero, que le
divierta esconderse, no quiere decir que sea un caprichoso. Muy al contrario. Una
de sus debilidades es compartir. Y me pregunto y te pregunto, mi querida hija: si la
gente que descubre el tesoro de la fe se convierte en afortunada, ¿por qué Dios iba
a repartir ese premio gordo en plan lotero?
La posibilidad de creer, como los tréboles de cuatro hojas, no es un milagro.
Están ahí. Son algo real. Sólo hace falta una condición para hallarlos: abrir los ojos.
Es decir, detener la frenética carrera a ninguna parte y regalarnos un minuto para
mirar, reflexionar y sacar conclusiones respecto a esas «extrañas cosas que ocurren
todos los días».
Sé que esta teoría le quita pompa y solemnidad a la Providencia. Lo siento.
Prefiero imaginar y sentir a Dios como alguien que comparte, que no sabe decir no,
más que como un jugador de dados. Tengo la sospecha de que la Providencia -
obligada por la miopía humana- ha tenido que especializarse en segundas
oportunidades. Observa los libros que forman la Biblia. Los asuntos importantes
nunca cuajan a la primera.
Miopía. Ésta es la clave.
Y seguirás preguntándote: ¿Y por qué él ser humano no ve?
Creo haberlo mencionado. Las personas -si te fijas- corren, corren y corren.
Pero, si las interrogas, no sabrán decirte por qué corren. Y empeñadas en esa
absurda carrera a ninguna parte, no tienen tiempo para mirar. Y lo que es peor:
pierden la ocasión de entrar a formar parte del club. Pero, como te decía, Dios se
ha hecho experto en segundas oportunidades...
Discúlpame. Tengo tantas cosas que comunicarte que he vuelto a perderme. ¿De
qué te hablaba? Sí, del secreto para empezar a comprobar por uno mismo que la
Providencia existe.
Dicho está: abrir los ojos. Levantar el pie del acelerador de la vida y, despacio,
analizar y valorar esas extrañas cosas que nos ocurren todos los días. ¿En verdad
obedecen a la casualidad? ¿Son algo fortuito o la consecuencia de un plan
meticulosamente diseñado? Este obligado proceso de análisis -no voy a engañarte
- es largo, tenso y, muchas veces, desesperante. Ya ves, yo he necesitado más de
veinte años para, sencillamente, abrir la puerta y asomar la nariz. Y en esa pelea,
con la lógica como el más rabioso enemigo, he llegado, incluso, a consultar a los
expertos en matemáticas y computadoras. Y he sometido esas extrañas cosas que
nos ocurren todos los días al veredicto imparcial del cálculo de probabilidad.
Respuesta de la ciencia: imposible. Una mareante procesión de ceros demostraba
-una y otra vez- que esas extrañas cosas que nos ocurren todos los días no están
sujetas al azar. Son ilógicas e incomprensibles desde el prisma científico.
Entonces, al igual que un corcho, muy lentamente, fui ascendiendo hacia una
superficie que jamás pude imaginar. Una superficie que, en realidad, es el principio
de otro universo.
Y una de mis primeras y viscerales reacciones fue apartar del vocabulario una
vergonzante palabra: «casualidad».
No sé quién la inventó. Seguramente, alguien que conoció la verdad y, asustado
o sabedor del diabólico dominio que podía ejercer si camuflaba el hallazgo, cambió
los papeles. Y la socorrida expresión «Qué casualidad!» terminaría convirtiéndose
en la mayor estafa de la Historia.
¿Té has parado a pensar cuántas veces al día invocamos la irritante blasfemia? Y
digo bien: blasfemia. Es decir, insulto a la inteligencia humana. Que no
comprendamos, que no seamos capaces de abrir los ojos o de resolver el secreto
de las cosas no nos autoriza a proclamarnos tontos de capirote. El término
«casualidad» -cada vez que lo manejamos- significa eso: una piedra contra
nuestro propio tejado.
Recibe un millón de besos. Y que la nave nodriza te siga protegiendo.




Comentarios sobre El secreto
«Casualidad» -cada vez que lo manejamos- significa eso: una piedra contra
Un gran secreto para ti: Este es el ángel que cuida tus sueños cada noche.
nuestro propio tejado.
Vaya, que escrito más genial...
Tiene mucho espíritu, alma, voluntad, sinceridad y sobre todo misterio, muy buen post.
Abrazos!!!
creo sinceramente que meterse en tu blog ,es por que alguien busque , cosas reales se de interrogar ,es decir gente vana ,poco pienso sacarian ,pero a veces somos vanos no por tontos , si no por ir corriendo , ojala esos te den escuchar yo si , mas aun mi forma de vida es rutinosa , a veces puedo ser la caja de pandora , la de no saber por donde saltara lucia , es decir no soy muy corriente ,aun tenga explesion , digamos ensimismada , me gustas y no sera tu figura 1 por que no se ve , 2 por que yo me fijo mas en mentes , que en belleza exterior ,